martes

Una de esas noches en vela esperando la alegre visita de un espantapájaros cansado de estarse quieto

Una de las noches me quedé solo en el sofá del asilo y vino un joven bedel de cuyo nombre no me acuerdo a decirme que era hora de retirarse a la habitación. Me acompañó y una vez allí le dije si podría encenderme un cigarro (No nos permitían tener fuego) y me dijo que mirase la hora (a partir de las doce estaba prohibido encender cigarros). Apenas han pasado diez minutos, dije. Ya, dijo. Le pregunté si era nuevo y dijo que sí. Le dije que me encendiese un cigarrillo, que, naturalmente, quedaría entre él y yo. De veras necesito ese cigarro, le dije. Pero él dijo que las normas eran las normas. Le pedí que se sentase, si quería, y que le contaría una historia mientras ese cigarro que no me había encendido se consumía. Le expliqué: Durante el tiempo en que tuve puesta aquella camisa de fuerza no podía mirar el reloj. El tiempo eran los movimientos que dejaban ver los niños en las aceras tras los cristales de la ambulancia. Reconocí que era mi barrio (Aluche) de milagro. No sabía que hubiera un sitio cerca de casa donde acogiesen a mi mente enferma. Pero no estaba loco. La pregunta fue en qué mes estábamos y yo procuré recordar el abono transporte. Sólo me equivoqué por dos malditos meses. Insisto en que no estaba loco. Mientras, los dos hombretones de la ambulancia hablaban de fútbol. El mundo se escapaba por un agujero y, lo digo por tercera vez, yo no estaba loco. Él me dijo que tenía que irse. Yo le dije que esa era sólo la primera de mis historias y le pedí fuego de nuevo. No accedió a dármelo, pero sonreía e intentaba excusarse para escabullirse de ahí. Le dije que le dejaría marchar si me encendía mi cigarro, pero ni con esas. ¿De veras crees que para mí tendría sentido contar por ahí que el bedel X me encendió ayer un cigarro pasadas las doce de la noche? Luego le dije que el humo que salía de mi boca era la única manera en que yo podía calcular el espacio de mi habitación, contaminado apenas a la cuarta bocanada de cigarro. Asumía la habitación y ello me tranquilizaba de cara a coger el sueño. Me dijo que si necesitaba alguna droga me la daría en recepción y finalmente marchó. Mi cigarro apagado continuaba estúpidamente en mis dedos y, antes de guardarlo, le di una calada por ver si se había obrado una especie de milagro en ausencia del joven bedel que, por lo visto, había oído, y de momento asimilado, que las normas debían de cumplirse. Intenté escribir en mi cuaderno, pero sólo salían palabras vacías. Intenté después dibujar, pero de seguida observé que, al igual que las palabras, mis líneas estaban abarrotadas de silencio y falta de talento. Maldije los nuevos neurolépticos que me daban en aquella estancia. A continuación escribí, recuerdo, que la jerarquía primordial de la vida era psiquiátrica, para a continuación tacharlo. Salí de mi habitación y me encaminé hacia recepción, donde estaba el joven bedel que no me daba fuego. Le dije que sentía el peso de mi corazón, algo que iba más allá de la angustia. Le dije que, cada vez que bombeaba, caía un poco empujando hacia abajo los órganos que se encontraban en el piso inferior. Que quizá un cigarro me curase. Esta vez sonrió. Me preguntó mi nombre. Creía habérselo dicho antes. A continuación hizo una llamada delante mía y preguntó si podía darle medicación extra al paciente Alberto Masa. Dijo de acuerdo y, tras colgar, se metió en una sala botica para aparecer con un dormodor y un vaso de agua. Me lo tomé, pero le dije que eso no me hacía nada, que necesitaría dos. Me dijo: Esto es lo que hay, Alberto. Me fui a mi habitación y no le volví a ver en mi vida. Mientras permanecía sentado en la cama con todas las luces encendidas intentaba oír los latidos de mi corazón, ver si podía intuir en ellos una flor marchita. Recordé a mujeres, chicas y no tan chicas, que habían rondado mi vida. Recordé el día de mi niñez en que vi el coño de mi cuidadora, que no llevaba bragas. Yo estaba a sus pies mientras ella pasaba un plumero por encima de un mueblecito y, al ver aquello, metí mi mano hasta que noté que dos de mis dedos eran engullidos hacia adentro. La cuidadora tardó más de dos segundos en quitarme la mano. Fue el primer contacto que tuve con un coño, ese sexo de la mujer que era capaz de tragarse a un niño que colocase dos dedos sobre él. Me tranquilizó saberme completo, aunque mi yo lo concibiese fragmentado y, en cierta manera, como que habitaba un tiempo distinto que el de las manecillas que tenía en el reloj de la muñeca. A veces el tiempo se frenaba y permanecía congelado como en aquella noche donde recordé a mi cuidadora y la realidad, sin embargo, hablaba de que en la calle caían cuatro gotas, incluso había gente que a esas horas en el centro de la ciudad, seguramente, sacase sus paraguas. Leí a Genet. Por un momento me alegré de que los nuevos atípicos permitiesen cierta comprensión de la lectura. De vez en cuando sacaba un cigarro apagado y lo aspiraba, lo que me hacía pensar en hacer otra visita al bedel, que finalmente no hice. Miré en mi reloj las cuatro y me dije si podría permanecer despierto hasta las siete, hora en que volverían a darme fuego aquellos secuaces, interminables caras nuevas de bedeles, enfermeros y enfermeras, pero finalmente cerré los ojos, los abrí de nuevo y fue para cerrar el libro y apagar las luces. El día siguiente era soleado como pocos. Oí cantar a unos gorriones, luego comprendí que el canto me venía de la ansiedad y supe que había llegado al final del camino. Me duché y salí a que me encendieran un maldito cigarro, que fumé en mi habitación mientras decían que el desayuno estaba listo al tiempo que golpeaban cada puerta. Así fue. Luego desayuné y vi a Dios ahogándose en mi vaso de leche mientras los enfermos que había en mi mesa nos mirábamos los unos a los otros, con caras agrias, vacías, indefensas. No le di importancia a mi visión y, cuando vino la chica, le pedí un bizcocho. Había que procurar mucho cuidado porque, si te dejabas llevar por los consejos de los médicos y enfermeros/as, los días podían pertenecer al diablo tanto como las noches. El desayuno huyó rápido, Dios no se quejó de su ahogamiento. Poco quedaba que esperar, pero aquel día, recuerdo, eché de menos mi libertad, libertad para soñar a deshoras sobre todo aquello que, a salvo, no me inquietaría ni en la mayor de mis pesadillas. Lo recuerdo porque procuraría escribirlo durante la noche venidera y no podría. Todo ese odio sin voz y sin talento está registrado en mis diarios de verano del año 2011 y allí permanece, sobre la página, como un pollo descabezado al que creo: lo mejor sería darle muerte. Lo haría si no estuviese convencido de que la incapacidad para escribir bien (siempre mi derrota, por otra parte, también la editorial) también soy yo.
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viernes

Un borrador sobre el demonio

Cada día, en cuanto noto que el azul del mar se entrelaza con el negro de la noche y el viento empieza a silbar con más calma, me aseguro de que hay cerveza y cigarrillos y, tras proveerme, me dispongo a teclear a ver qué sale. Recuerdo las ancianas del último asilo mental que visité. En las tardes en que yo no dormía, tras la merienda, a la que solía asistir indiferentemente, me decían que me sentara con ellas y les hablara de lo que tenía que hablar. Siempre les advertí que mi tema era el demonio. Les conté que, en realidad, era el único tema de interés al que el ser humano podía aspirar. Recuerdo introducir al demonio como el hombre común que no sólo había probado el árbol de la ciencia, sino que bien habría escupido a gusto sobre el árbol de la vida, cosa que en verdad hizo, para a posteriori inventarme unos versículos y citar la palabra Génesis. Así él era nuestra saliva cuando la tragábamos, pues sólo la primera vez que la tragamos probamos nuestra verdadera saliva. Ellas siempre querían que empezase a contar mis aventuras, inventadas o no, sexuales, pero yo necesitaba que escuchasen con atención antes de dónde venía el mal y quería que considerasen mis depravaciones como uno menor, tan sólo la libertad de un alcohólico al que en alguna ocasión se le levantó a base de bien y que, precisamente, se encontraba en ese tugurio para reformarse de su afición a ciertos licores. Empezaba el demonio a usar nuestra lengua, la pasaba a continuación por unos dientes que, de seguida, pasaban a pertenecerle y luego, al fin, tomaba nuestra voz. Era el ventrílocuo favorito de todas las cadenas mundiales y a través de su voz hablaban también las edulcoradas voces de las señoritas de los noticieros. El mundo era el paraíso custodiado por dos ángeles de alas rojas que veían en nosotros al demonio que éramos ¿Y qué era el demonio? Era meramente un actor, el actor que había interpretado en cada uno de nosotros todo tipo de papeles hasta el punto de saciarse y encontrarse cansado de sí mismo en nosotros mismos. Bueno, lo reconozco, ya me he enculado a todas las enfermeras de este lugar y les ha gustado, pero lo del demonio es más importante ¿No creéis? Entonces reían y mi monólogo se iba por otro camino. Si hubiera sabido mi pene lo necesario para recobrar la líbido quizá aquellas ancianas que me escuchaban podrían haberse considerado víctimas de algo. A continuación mi show se marchaba y ellas echaban mano a las barajas, a las que les faltaban cartas, y jugaban igualmente, sin conceder importancia a que las jugadas, eligieran el juego que eligieran, fueran imposibles. Le pedía a un bedel que me encendiese un cigarro y, mientras degustaba varios, en mi habitación leía a Genet, que no dejaba de acabarse hasta que mi padre me traía otra de sus novelas. Mi atención era pobrísima, pero disfrutaba de esa lírica tan bien traducida por María Teresa Gallego Urrutia, y me sentía yo también un alguien o un algo de la raza de los acusados, como dijera Cocteau quién sabe si pensando en Genet al mismo tiempo que en sí mismo. Por supuesto, no me apetecía pedirle perdón a nadie, salvo al Dr. Ramos que, en sus consultas, me daba marihuana.

He escrito lo anterior a este punto de un tirón, sin darme cuenta que el azul del mar ha dado paso a un azul tímidamente bañado por el sol oculto tras un caserío que hay por estos pagos, he abierto la cerveza y me he dicho que no estaría de más hablar de... no, mejor no, mejor simplemente disfrutar de otro cigarro. Apenas tendré horas para dormir si mañana quiero llegar a Madrid en la hora en que quiero, pero la salubridad en estas noches pasa por el hombre que teclea que, no me engaño, viene a ser la versión con manos del diablo con el que introducía a las ancianas a mis aventuras sexuales, la mayoría ficticias, a diferencia de las que aparecen en mis diarios, que ojalá lo hubieran sido.

Puedo apreciar la chimenea de enfrente, cuya sombra contrasta con el tímido azul que acierta a pronosticar un día soleado. Hoy, de la mía, han salido tres pájaros. Dos machos y una hembra. Al parecer cayó la hembra y los pájaros, que quizá se encontraban peleándose por ella, la siguieron a ese infinito del que sin ayuda de mi padre no hubieran salido vivos. Otra lección que me enseña, a estas alturas de mi vida, la naturaleza. Y es que hay mujeres que quizá sean todas las mujeres.
Doy un nuevo sorbo a la cerveza. De la cadena sale el Miles in the sky y yo lo daría todo por convertir este escrito en el paraíso que no es, que no me permitirá dormirme pensando que he dado algo al mundo, que es un simple amanecer, como lo son cada día hasta nuestra muerte donde, bajo tierra, nos convertimos en polvo y nada más. Es la muerte que hemos elegido al haber elegido al demonio como padre de todos los oficios de la vida e incluso del no oficio. Una vez muerto, los ángeles custodios tachan una raya más de la pared que adorna las puertas del paraíso y el gran sueño de Prometeo se vulnera junto con nuestro don de abrirnos puertas hacia el éxito.
El éxito es esta música que sale de la cadena, sin olvidar a aquellas mujeronas que jugaban con barajas a las que les faltaba una carta, dos o tres, como si nada, haciendo como si la vida continuase y, a nuestros ojos fuese, lo más normal que pudiera sucedernos.
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martes

Bajo la atenta mirada de un semidormido hombre gris que no existe

Apenas siendo la flor salvaje que habita en el cerebro de un niño ocurrió que yo seguía a gatas los grandes lazos bordados en la alfombra de salón de la casa del barrio donde convivía con mis abuelos. Aquellos lazos dorados se extendían hasta el final del marco de la alfombra pudiendo intuir mi mente cómo continuaban bajo el suelo de parqué y llegaban hasta todos los rincones de la casa. El resultado de esos lazos eran cuerpos de serpientes que golpeaban fuerte con sus insospechadas cabezas, pero insinuadas en mi imaginería de niño, al suelo de arriba (en ellas techo) procurando salir a la superficie. En ocasiones prefería dormir entre mis abuelos con tal de protegerme de la ilusión de una serpiente liberada que avanzase hacia mi cuello para darme, con su veneno, la muerte que a mí se me antojara, pues era para ello para lo que eran construidas las imaginaciones y, a raíz de ellas, los cuentos que, en las noches, me contaba mi padre acerca, en parte de su niñez entre ovejas y cabras y en parte de la fantasía que compartía con mi mente, pues entre las dos, en aquellos momentos de comunicación el ente hablador personificado en él era la magia. Y yo, ya lo he contado, guardaba un secreto por el que temía y, a veces, iba a dormir con mis abuelos, que tanto me quisieron desde el principio de la mía hasta el final de sus vidas.

Sospeché que iniciaría esta entrada en mi diario bajo la perspectiva de una carta a una chica recién inundada de mi vida, donde mi idea de mí mismo comienza a escabuirse entre todos los hombres con sombrero de hongo que se acumulan en los intermediarios de El proceso de Kafka, otro soltero que es, quizá, El soltero. Me quité mi boina y crucé las cuatro calles que hay hasta la panadería, compré el pan de cada día y, al salir, vi que caían pequeñas gotas. Supongo que es en ese preciso momento donde concedí cierta precisión a mi idea de diario, alejándolo de sentencias que, a ratos, padezco sobre mí mismo y que sólo pueden ser concebidas por un ser que no está, es decir, mismamente yo que, si acaso, aguardo apelotonado entre estas líneas que voy dejando en unos diarios que empezaron hace ya bastante tiempo y han sido el sol y la tiniebla que me han acompañado en salidas como la que he nombrado a comprar el pan, aparte trabajos remunerados o no, que he ido teniendo.

Hace un año, una amiga me invitó a cenar. Yo me dije: Bien, parece que vas a triunfar esta noche, y procuré evitar el ascetismo en todo momento. Tras cenar y bebernos un par de botellas de vino me contó que había prestado dinero a un amigo negro para ayudar a su bebé y que, a cambio, sin ella darse cuenta, deslizó unas dosis de crack en la mesita de la entrada. Convenimos en que era mejor tirarlas, pero terminamos echando mano a ellas y las fumamos. El sexo resultaba terrorífico y el calor de esta época del año parecía diluirse en nuestra mente para terminar execrando la esencia de esa mierda que nos habíamos fumado. Me pidió que la pegara durante una de las penetraciones y recuerdo hacerlo mientras miraba el reloj y descubría en él las 3:11 de la madrugada. Luego se levantó expulsando violentamente mi polla de su vagina. Mientras yo pensaba en el sonido que esto había provocado ella había ido en busca de un cuchillo y empezaba a apuntarme con él moviéndolo frenéticamente. Yo estaba nervioso por la situación de excitación interior, pero me serené y, durante dos segundos de lucha, conseguí extraerle el arma. Entonces ella lloró y me dijo que iría a por otro, lo que al final no hizo. Convenimos en que esa sustancia era pésima. Le pregunté si estaba segura de que era crack y me dijo que suponía que sí. Recuerdo contar la anécdota el sábado mientras otra chica y yo, en nuestra relación probablemente inundada, nos bebíamos un refresco en la plaza de mi pueblo. Acto seguido, durante esta noche, he apagado el televisor. Ellas seguirán dando un beso a la llegada de sus novios al andén. Yo contemplo la escena como el cucaracho ese de Kafka (de nuevo), dejándome caer desde varias posiciones, procurando controlar la marea de patas y diciendo adiós (que se oirá en la realidad como una especie de pitido breve) durante la agonía, en el momento en que ellos se disponen a hacer planes de futuro. Afirmaré en un aparente silencio que en esta sinuosidad de pijama donde llueve barro a través del ventanal y la imaginación sale del preparado de una pipa, desbordante y camino de lo ajeno, no saberse leído es estar enterrado, pero, al mismo tiempo, también me sabré no leído. Irán lo leído y lo extraviado caminando como si yo hubiera conseguido en ese aparato ilegible mi matrimonio perfecto y la Ley (de nuevo Kafka) no será cosa de los hombres, sino de un Dios nunca nombrado que a muchos lectores les ha hecho pensar en el vacío. Como bien sabía el mismo Josef K. todos ellos podrían ser sustituidos por un verdugo. Es una noche atónita en mí, llena de energía y, al tiempo, en mis recuerdos se me hace viva la idea de cuando yo buscaba a gatas la serpiente atrapada, puedo sentir la dulce picadura y la inmensa alegría de no tener a un médico cerca. Me curo de mi esquizofrenia en mi botica, llena del consuelo que cualquier loco podría desear. Sin embargo, me mantengo cuerdo. Mi día a día es detectar moscas en los cristales para pegar cerca de ellas una mancha de miel y ver cómo se acercan a comerla. Hablo mis palabras hacia mí mismo con Charly, mi loro, la única deidad del mundo que se acercaría a mi juicio en mi juzgado que son esas palabras, unas veces más amables que otras, tanto hacia él como hacia mí. En cualquier caso dejo que sus gestos hagan de juez y gracias a sus movimientos sé de mi condena. Aplasto la mosca que se encuentra comiendo mi miel, limpio lo pegajoso del cristal y me digo a mí mismo que no volveré. Pero sé que terminaré volviendo. Charly, mientras, no puede evitar reprimir una risa violenta. Es la imitación que hace de la risa de mi padre, juez también y Dios a su manera en la literatura de Kafka (Véase América), incansable amigo mío a quien amo más (a mi padre, no a Kafka, que también), desde luego y junto con mi madre, que a mí mismo.
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sábado

Sobre el ángel negro, una carta en agradecimiento por algunos de los solos de Paul Chambers

Estimado amigo, Dr. Gervasio Ramos,

Le escribo para agradecerle haya conseguido hacerme llegar, a través de mi padre, el disco que pedí. Se trataba de algo más que de un capricho. Es el Bass on top de Paul Chambers (en nuestro par de sesiones no hemos hablado de música y desconozco cuáles son sus preferencias). En el caso que me ocupa logro distinguir en el calor de estas tardes los ruidos que me son reproducidos de noche, cuando intento dormir, de mano de los solos de contrabajo de Paul Chambers. Es una estrategia para tratar de eludir la noche, pues no siempre la medicación brinda el efecto hipnótico deseado y, en esa soledad convulsa, oigo ruidos de hornos y puertas, los niños de mi infancia en Valseca están allí gritando, como una estridencia del bajo al que me he referido antes de dar lugar al solo maestro de You´d be so nice to come home to. Efectivamente mi pasión por el jazz me viene de la aberración por el ruido. En ocasiones me levanto de la cama e intento vislumbrar a través de la ventana algo que no sea mi propio reflejo. Sólo hay una farola que permanece encendida en el aparcamiento. Bajo ella imagino sombras, pero no sombras de gente, imagino, para serle claro, las sombras que emiten los fantasmas que soy aquí dentro, entiéndame el plural. Todo se pluraliza en estos momentos, no sólo los ruidos de los que tenía intención de hablarle. La armonía que me permite el disco que me han traído hace mejores mis tardes y me sacan de la noche que podrían llegar a ser, y la noche que podrían llegar a ser son esas a las que me he referido, donde los hipnóticos tardan en hacer efecto y, dentro del colchón, ardillas invisibles roen una nuez también invisible, pero que, cuando se abre, a veces soy capaz de desearla, quizá con la misma premura en que alguna vez deseé una mujer pasada la adolescencia. Yo, sin embargo, me veía en la penumbra como aquel que debía de traducir las palabras de un dios imaginario que, en cierto modo, no ha dejado aún de vivir dentro de mi mente. En Valseca, si bien podía respirar, la habitación que le era otorgada a mi entrega al jardín de los sueños era demasiado pequeña como para no agarrarse fuerte a una espiga y procurar que el empeño que uno pusiera en ese agarre fuera suficiente para no salir volando por la diminuta ventana por la que tantas veces miré en busca de un alma y, como mucho, en su traslado, algún camión cargado de marranos me decía adiós dejando también allí parte de lo que era el olor de un pueblo dedicado en su mayoría a la agricultura y la ganadería. Me gustaría compartir el disco con usted. Entienda que no imaginé la probabilidad de un amigo que se hiciera cargo de la intensidad con la que puedo sufrir el oneroso silencio del resto de animales que convivimos entre los ruidos de la noche. A veces no puedo más e incluso olvido la portada del disco y mi aparato para oírlo. Es cuando abro la puerta de mi celda y me dirijo a los celadores del turno de noche. Siempre se han atenido a las normas y jamás me han encendido un cigarro en el tiempo donde lo que manda es el cuidado que produce el sueño al paciente imbuido de pesadillas en el día a día que es también este hospital. Sin embargo me han dado psicofármacos que, en alguna ocasión, han producido que el negro piano de la noche se silencie, a cambio de dejarme a solas con mis sueños, que jamás recuerdo, salvo que en ellos mi aspecto no tiene cara, algo que procuro aprender cuando despierto y, mientras el bedel examina las heces del día anterior, me visto para encaminarme al desayuno. En ese comedor procuro que la comisura en el aspecto que la tristeza genera respire con la suficiente sanidad e intento, quizá en vano, diferenciarme de un alma muerta, pues tal es así como veo a mis compañeros. A veces, en lo que esperamos a que todo el mundo haya terminado, y le aseguro que a veces es un tiempo lo bastante exagerado como para echar una cabezada, una mujer se refiere a mí como a su niño muerto. Lo ha hecho en varias ocasiones, también en otros horarios. Con el tiempo la paciente me contó que su hijo, en un viaje de ácido, se tiró por una ventana convencido de que podía volar. Yo le dije que existía un colibrí en mi mente. Y no es mentira, doctor, sé cuando está alegre según cómo son los tonos de la canción que interpreta. Besé la mano de esta señora y le dije que le prestaría mi colibrí si pudiera sacarlo de donde se encontraba, y noté que, a partir de ahí, dejó de llamarme hijo aún sin retirarme del todo una palabra que por mí da igual que se ahorre o no. Mi intención era calmar su dolor a través de la imagen literaria de un loco. No lo logré. Desde entonces ella sabe que una mampara de cristal cubre mi cuerpo y quizá sea esa mampara que ella presupone la que me salve de no acabar con todo a la manera de su hijo, en un nubarrón de una mente sempiternamente ilusionada e ilusoria. Le hablo sólo de cara a la galería, pues soy un animal social, y usted que dice haber leído mis informes llegados de otros hospitales en los que también he residido, por lo menos los de aquellos que hayan visto con buenos ojos cederlos a sus ojos, bien sabrá. He sido una rata muerta entre un par de rocas que ha recobrado a la vida por vara de la mano de unas amistades. Solía juntarme con ellas en el bar del pueblo y siempre tenía la sensación de que ellos o yo hablábamos un idioma diferente, y terminaba conformándome en ese ellos, por vulgar que parezca, ayudado por la botella de licor que presidía la barra como un firme monumento a la dicha de un dios verdadero, único y reunido en la fraternidad dudosa que mis amigos de barra y yo representábamos. También había mujeres. También soñé con alguna chavala. Apenas se podía respirar en la pequeñez de mi cuarto y quizá sobreviví en la respiración de la ilusión de alguna de ellas. Entienda doctor que por esas cosas hemos pasado todos. Más tarde me preguntaría qué es el encantamiento y la pregunta desaparecería nada más formularse junto con todas aquellas mujeres que con el tiempo “estarían en lo cierto”, pues colmarían de hijos sus vidas. Yo no he hecho, como bien sabe, nada de eso. Y le aseguro que observé mi papel entrados los 17 años, así de pronto, entendiendo en un principio que el papel era de soltero, cuando en realidad sería a la postre el de alguien sin patria. Mi abuela por entonces, los días en que se acostaba después que yo, subía a mi pieza a darme un beso en la frente. Hoy, que yace muerta y su cadáver es polvo y sus huesos son roídos por insectos y, a pesar del movimiento de La Tierra y lo perecedero, continúan, más allá de la muerte, envejeciendo, veo la verdad de ese beso en el que yo solía hacerme el dormido y vuelvo sobre la capital de mi vida, que no es sino la espera de su vuelta. Le aseguro que en los nuevos sonidos me identifico con esa vuelta por mucho que apenas sea la mitad de una sombra. Han venido a verme amigos que se han sincerado conmigo y dicho que, de gordo, estoy irreconocible y también ha venido el dios Pan. Yo traduzco sus palabras en la carta que le envío y le deseo lo mejor debido a cómo me está tratando. Sin usted aquí este sitio en mí habría naufragado, por no mencionar las ganas que tengo de volver a probar esa yerba con la que me agasajó durante mi primera visita. Son estas todas las pistas que tengo acerca del ángel negro. Usted, con su interés, ha vuelto a llamarlo. Yo he dejado de ser el niño al que le examinan los excrementos en busca de oro por alguien que intenta escribir cartas aún con la cabeza perdida de nuevos neurolépticos y toda esta basura farmacéutica que me cura y también mata. El ángel negro, le diré, es un manojo de nervios cogido a una cuerda que no para de moverse de un lado a otro. Si tira uno de ella, y me remito a los tiempos en que fui monaguillo en Valseca, la campana de la iglesia suena y termina por congregar un pueblo. Ese pueblo también es el ángel negro tal y como yo lo veo. Es sólo un suponer.
Reciba un fuerte abrazo de su paciente,
A.

(Insisto en las gracias por haberme hecho llegar el disco de Paul Chambers; si no lo ha escuchado, le invito a hacerlo -puede hacerse una copia del mío- en vista de disfrutar de su serena melodía cruda, elegante pero sin el sobrante plumaje de otras obras en mi opnión menos sinceras y también menos representativas de los sonidos de la noche -esos malditos ruidos que acá, en el disco, son arte-).   
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viernes

El ángel negro

(Últimamente tengo demasiados huecos para escribir. El nuevo proyecto trata de unos cuentos en los que procuro no descuidar una posible cartografía de mi alma, lo que quiere decir: la relación que la verdad tiene con mi pasado y, sobre todo, el reencuentro con mi "verdadera" manera de vivir la realidad, también la de una enfermedad que, socialmente, me ha destruido).

Me sorprendió que el bedel encargado de examinar mis heces estuviera de buen humor conmigo esa mañana. Me habló de fútbol mientras me vestía e incluso me preguntó si no sería buena para mí una ducha, a lo que respondí que ya me había duchado la noche anterior. Él dijo que consideraba mucho más sano ducharse por la mañana pero que cada cuál era muy libre de mantener su higiene a las horas que considerase oportunas siempre y cuando, claro está, la mantuviese. Era un tipo  aproximadamente diez años mayor que yo que, provisto de guantes de látex, examinaba excrementos. Me hizo notar que cada vez tenían mejor aspecto. Luego en señal de que le chocase los cinco (ya con los guantes fuera) dijo: Te estás curando, chaval. No tuve problema en chocarle esos cinco. Tampoco era natural que de repente un día me tratase como si yo fuera humano. Llegué a pensar si cabía la probabilidad de que me estuviese poniendo a prueba. El caso es que no llevé más allá ese tipo de pensamiento y me limité a hacer que, en ese momento, era solamente un paciente que acababa de despertar en su habitación del centro médico, y eso es lo que era. Por algún sitio hay que empezar, y con esto me refiero a cada día de la vida.
El desayuno fue bien. Tan sólo una enfermera me hizo notar que era preferible que me presentase en el comedor peinado. El pelo crece aquí más rápido, parece, dije. Me sirvió un sobre de descafeinado y me dijo que el Dr. Ramos me esperaba en su consulta a las doce, que ella se encargaría de conducirme hasta allí. Luego dijo ¿Qué tontería es esa de que el pelo crece más rápido aquí? El chiste trataba sobre que mis tres compañeros a la mesa del desayuno eran calvos. Rieron. Yo no entendí la broma hasta haberme comido, al menos, tres galletas. Mis compañeros idos entendían los chistes más rápido que yo ¿Qué mundo era ese? Y les dije: Estáis sonaos de cojones. Y volvieron a reírse. A nuestro lado una enferma cantaba una canción de Lady Gaga y un enfermero le decía que se callase o la enviaba a su habitación y la ataba. Lady Gaga se quejaba. Decía que no era justo. Decía: No puedes hacerme eso sólo porque yo sea alegre y los demás no. Yo, la verdad, prefería que aquella enferma dejase de cantar. Estaba a favor de que se la llevasen y atasen al menos un par de días, eso pensé, sí señor, con un esparadrapo en la boca. Su canción era arrastrada por los efectos de la medicación y la letra bailaba al compás de una partitura infernal, una especie de infierno para niños como su mente, a los que el globo se les había escapado definitivamente en busca del cielo. Atarles, sin duda, era la mejor solución. A otros, en cambio, nos obligaban a cagar en una palangana para poder examinar nuestras heces en busca de larvas. Cada centro es diferente, he estado en muchos, y en cada uno imperan unas reglas distintas.
El centro donde me encontraba era producto del bolsillo de una famosa congregación religiosa cuyo líder, de vez en cuando, visitaba el lugar rodeado de fotógrafos y gente bien vestida, posiblemente gente dedicada a la política. Terminé el café pensando en el asco que me daba todo. La regla era esperar a que terminase todo el mundo y luego ya podías pedir fuego a uno de los enfermeros para poder echarte un cigarrillo (varios en realidad, pues usaba las chustas para encender nuevos) en la habitación mientras un par de señoras gordas, las mismas de siempre, se encargaban de limpiar a conciencia y perfumar la pieza del único jovencito del mundo en cuyos excrementos se escondían diminutas pepitas de oro, aparte las larvas o como las llamasen los entendidos.
Debido a la cita con el doctor de la que me habían informado tuve suerte y me libré de los ejercicios matutinos a los que había que asistir obligatoriamente cada mañana. La profesora que los impartía era una imbécil integral. Eso me parecía a mí, sí, un macho alpha en toda regla y el resto de mis compañeros vivían en un globo perpetuo. Era imposible comunicarse. Yo intentaba ver la luz en cada chica joven. Les decía cosas bonitas en un principio hasta que me cansé.
La enfermera llegó puntual y a las doce me encontraba en el despacho del Dr. Ramos, quien de entrada me dijo: Por fin tengo aquí a nuestro chico de oro. Le dije que iba a hacer cuarenta años. Me dijo que quién lo diría (y tenía razón), acto seguido me invitó a sentarme y dijo que era muy importante para los de arriba que me sincerase con él, que me haría preguntas de todo tipo y que todo lo hacíamos por mi bien (usó efectivamente el plural). La conversación empezó hablando de frivolidades. Le seguí el rollo y le dije que me gustaba que las persianas de mi habitación fuesen grises. Más tarde sacó un porro hecho de la bata y me dijo que cogía la marihuana del hospital, explicó, para que me hiciera una idea de que era de buena calidad. Se encendió el porro y, tras dar un par de caladas, me lo pasó. No esperaba eso, la verdad. Acto seguido me dijo que qué era lo que me importaba. Chupé del porro y dije que mi cuerpo estaba cambiando, que sospechaba que la medicación que me daban me producía ese tipo de ansiedad que hacía que no dejase nada en el plato y... me cortó: sabrás que morrearse con una paciente es suficiente justificación para que te traslademos a otro ala. Dije que no lo volvería a hacer, aunque tampoco me importaba que me trasladasen. Añadí que desde que besé a esa tipa notaba un sabor de boca a gasolina en el esófago. Me dijo que continuara acerca de mis preocupaciones. El porro se había apagado y el doctor no tuvo reparo en encendérmelo de nuevo en cuanto se lo indiqué. La verdad es que esta maría es única, le dije. En fin, yo me estaba empezando a notar demasiado gordo, incluso evitaba mirarme al espejo. Sólo llevaba un mes allí, pero mis cachetes se habían reproducido. Le expliqué que yo había sido un chico bien parecido al que las chicas no era raro que se le quedasen mirando y cosas así. Luego le enseñé un sarpullido que me estaba creciendo a la altura del bazo. Le dije que al principio sólo era un moratón y ahora parecía una lengua rodeada, como pudo comprobar, por granos, un par de ellos purulentos. No es nada, Alberto, dijo, puedes bajarte la camisa. Le diré a la enfermera Victoria que te restriegue una pomada todas las tardes, empezando por hoy mismo. Lo anotó en un papel. Luego dijo que le interesaba una teoría que le había llegado acerca de mí llamada del ángel negro. Le dije que no sabía cómo podía saber eso. Dijo que leía mis historiales de otros hospitales. Ahí me caló. Bueno, es una tontería, dije. No, no creo, insistió. En los momentos en que sientes que el mundo entero te ha subestimado y no tienes una buena botella de Irish (o Chinchón) a la que agarrarte, en esos momentos, es muy productivo trasladar todos tus procesos mentales a la polla, que los metaboliza de una manera mucho más transparente y, seguramente, creativa. Si consigues contener la erección para que mear te sea cómodo puedes sentir cómo la basura sale en el amarillento líquido, contaminado de medicamentos que el cerebro ha fabricado por sí mismo (se sabe que es un triste laboratorio donde trabajan ONGés que no son tú). Eso es el ángel negro, a pesar de que yo citase el Apocalipsis: "Yo conozco tus obras: que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o hirviente!
Mas porque eres tibio y no frío ni hirviente, yo te vomitaré de mi boca" Él dijo: 3, 15, 16. Sí, dije, supongo. Entonces me preguntó si no pensaba dejar que él se encargara de matar el porro. Le dije que lo sentía, que me había venido bien y se lo tendí. Joder, dijo el doctor, casi me obligas a tener que cogerlo con pinzas, y dio una última calada. Me dijo que mi paranoia había tenido especial sentido otras veces, pero que me había resbalado con la idea que acababa de proponer acerca del orín, también me dijo que no tenía ninguna necesidad de nombrar pollas ni nada así. Le dije que me entendieran. En cuanto entraba en un centro lo primero que hacían era hacer desaparecer mi líbido, pero que me sentía aún más idiota cuando las tomas empezaban a ser altas y que tenía miedo de perder el globo. Me sentía idiota y, en las noches, procuraba arrancarme la piel antes de que las pastillas dedicadas a hacerme caer hicieran efecto. ¿Por qué yo? Dije. Me dijo que qué quería decir. Yo dije ¿Por qué mis heces? Él me dijo que era mi proceso. Poco después estaba fuera de allí sentado en la palangana. Aquello podía o no podía tener final. Uno de los días me dijeron que venía a visitarme mi padre. Mi alegría fue total, pero cuando por fin entró en la habitación era incapaz de conocerle. Sin duda era su voz pero ¿Por qué habrían de haberlo cambiado por otro? Aún con ese pensamiento primordial devanando mi cabeza lo primero que hice fue darle las gracias por enviarme cigarros, y le enseñé dónde los escondía de otros pacientes, la mayoría unos gorrones. Me dijo que yo era su chico, toda una mina, un genio. Le sonreí. El centro te dejaba bajar a la cafetería del lugar cuando ibas con una visita. Bajamos. Me dio para sacar un sándwich de la máquina expendedora. Me dediqué a mirarle mientras me decía lo orgulloso que estaba de mis avances. Me dijo que estaba encantado con el doctor que me trataba etc etc... ¿No me notas cambiado? Le dije. No, dijo, pero yo noté cómo tragaba saliva. Le dije que no le reconocía. No le dio importancia, dijo que le habían explicado los efectos secundarios de lo que yo tomaba y que cosas así eran normales. Me dijo que preguntaría al doctor si pronto podríamos obtener un permiso para salir, tomar una horchata en un sitio elegante y, quizá, cortarme el pelo. Dije sí, mientras rebuscaba en busca de algo en mi bolsillo, que estaba completamente vacío. Él me tendió una servilleta de papel y me dijo: Límpiate las migas de la boca.
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Anything goes

La conversación telefónica había empezado mal y cuando comenzaba a llegar a su cenit ella dijo que no podía amarme porque yo era tan bueno ¿? Menuda mierda de conversación. Dije que no era bueno, que era un cerdo y que la próxima vez se la iba a meter hasta que se desangrara por las orejas mientras le hacía repetir esas palabras. No contestó de inmediato. Al rato dijo: Antes, cuando decías esas cosas, te tenía miedo. Yo respondí que antes no me importaba una mierda. Qué coño estaba haciendo con otros tíos podría traerme sin cuidado, pero no era así. No lo mencioné. Me recordó el día en que un jefe mío de la literatura que me pagaba una mierda por mi trabajo intentó meterla mano a mis espaldas y terminó emborrachándose como una cuba y entonces yo, que había bebido lo que ella o más, le llevé prácticamente en brazos a su casa, que estaba a tomar por culo. Se rió y me dijo que me recordaba pelándola naranjas o mandarinas o lo que aquello fuera y exprimiéndolas en su boca. Le dije que al día siguiente el jefe que había intentado meterla la lengua en la boca me llamó a ver qué tal había ido todo. Yo ya no vivía o vivía sólo para recordar. Ella me dijo que siempre leería mis diarios. Me toca los cojones, dije. Luego dije: Te necesito. No, dijo ella, no me necesitas. Sí, coño, dije. La verdad es que la necesitaba porque no sabía qué carajo podía necesitar. A lo mejor ella tenía una pista de lo que necesitaba. Me imaginé en su cama metiéndola y sacándola, le dije que la tenía dura. Nunca llegó a decirme algo parecido a que no le atraía sexualmente, pero podía ser así. Respecto a ella yo no podía pensar en una mujer que no me atrajeran sexualmente en ese momento. Colgamos y un día después tenía una cita medio a ciegas con una de un programa de internet. En la foto parecía algo, pero era una flacucha con dientes y cara de caballo por la que ningún tarado pagaría dos euros por una mamada. Pensé que no tenía por qué tratarle mal y hablé de libros con ella o de lo que surgió y la invité a una caña y café. Cuando yo terminaba de decir algo recobraba su mirada del suelo y miraba con una sonrisa de putilla engreída que casi me devuelve a una realidad que implicaba que yo era capaz de follar con ratas, cosas parecidas recuerdo de las juventudes de Valseca y las de un colegio de pago donde nadie me quería si no era para intentar colocarme algo. Terminaron por apreciarme porque yo no era un chivato de ningún tipo. En aquella época lloraba con facilidad. Mis viajes al conocimiento de la basura estaban a punto de iniciarse y miré esos años mientras la tipa que estaba enfrente sorbía de su café y soltaba la perlita: Yo nunca invitaría a un hombre a tomar algo. Me daban tantas ganas de mandarla a tomar por culo. Y, al mismo tiempo, qué clase de persona hubiera sido... porque yo estaba muy dispuesto a pensar en qué tipo de persona podía ser y a lo mejor, en el peor de los casos, era solamente el buen chico a la que se refería la del teléfono, ese posible amor en el que hoy pienso, si es que pienso, quizá no amé jamás. Yo amaba a una chica que olía a colonia y estaba dispuesta a sonreírle coherentemente a un vaso vacío. María o algo así. Una desconocida, al fin y al cabo, que se rió de mí, pero que al menos sabía, por ejemplo, quién era Trotski. La estúpida del café me dijo que le gustaba un escritor que resultaba... era un escritor que conocía mi desconocida obra y la adoraba, supongo. Era un tío que me había escrito un correo diciendo eso, al menos, y al que no repondí por considerarle un plomizo y un trepa, aunque la realidad es que en nuestra relación quizá era yo el que podía trepar sobre él, pues él, al fin y al cabo, era algo conocido. Nunca he trepado, no soy de esos. Lo he dado todo, incluso por gente importante y hasta me he involucrado emocionalmente, pero no he sido un trepa, igual que no fui un chivato en la época del colegio donde se reían de mi llena de costras cara. Volví sobre la conversación del escritor que le gustaba a la chica huesuda como si no fuera conmigo ni toda esa vorágine de incongruencias hubiera cabalgado por mi mente en tan sólo dos segundos. Bueno... no conozco mucho de lo que hace, dije y no mentí. No dije que me leía, no dije nada. Ya era hora de que ese saco de huesos presuntuoso se fuera de mi vida. Le acompañé al metro sintiéndome, con justicia, un caballero y me fui a la tienda de discos, donde me tomé un par de cañas con Montse. Me preguntó qué me pasaba y le dije que estaba pensando en escribir una especie de cuento en el que el narrador veía en la luna llena un conjunto perfecto de esperma gobernando la noche. Montse nunca ha leído nada mío porque lo suyo es la música y, quizá, como yo, no lee a amigos más allá de los fantasmas de Miles, Billie o Art Pepper (ese jodido libro de culto llamado Una vida ejemplar, una de las mejores cosas que me he visto leyendo). ¿Qué hacer con el personaje que mira la luna? ¿Le convierto en un superhéroe, un tipo Charles Bronson o termino haciendo lo de siempre y contando mi vacío existencial a través de él? Compré un disco del trío de Brad Mehldau y, también, recuerdo, la biografía de Laurent de Wilde sobre Thelonius (que aún no he leído) y después de despedirme de mi amiga me fui andando camino de la nada que puede ser el metro de Tribunal. Mi gabardina me protegía del resto de paseantes, usuarios del transporte público. Al llegar a casa volví a llamarla (a la chica del principio, se entiende). Las dos primeras veces no lo cogió. A la tercera sí. Le dije que necesitaba echar un kiki. Me dijo que no estaba para hablar y matizó que menos aún conmigo. Le dije que yo era un cabrón. ¿No veía ella que yo, por fuera de mis diarios, no tenía vida alguna? ¿No veía que sólo era una coraza contra el dolor que procuraba guardarse a estas alturas hasta de la bebida? Lo peor era que sí lo veía, casi lo veía con la intención que yo, pero sin intensidad alguna. Decía quererme como medida para confiar en sí misma como una persona con principios, buena, sensata, con un pequeño toque de divina que en persona se realizaba mucho más, aunque a mi entender su carisma residía en el olor de su coño, la verdad. Pero tampoco, yo estaba también intentando a mi manera concederla un sentido. No era sexo, nunca lo había sido, lo que nos unía. Era otra cosa. Una comunión como de hermanos mongoloides que no decían no nunca al paripé que se ofreciese. Olvida lo del kiki, yo te quiero, ya me conoces. Me dijo que en verdad prefería escucharme a leerme, aunque seguiría en su vida para siempre. Tú a tu manera sigues también, dije, y luego ya no teníamos más que decirnos. Creo que no somos nada guapos y eso es lo que nos pasa. Si fuéramos guapos seríamos, no sé, guapos, podría haber dicho, pero me callé. Seguimos hablando, me contó algo sobre su trabajo y luego nos despedimos durante varios meses sin saber nada del tiempo que pasaría.
Miré a mi alrededor y no reconocía mi casa. Recordé otra perlita de la chica con la que había quedado: Un hombre nunca se podrá comparar con una mujer. Añadió: Sencillamente somos mejores. Lo hubiera entendido si eso hubiese salido de los labios de cualquier otra, lo reconozco. Borré su número del móvil y volví a mirar la habitación como sin saber qué era eso. Al rato me acerqué a la ventana y recordé la imagen de la luna llena compuesta de semen, pero, ay, desde mi ventana no se veía la luna.
Pensé en cerveza y en otras cosas. Eché mano del haloperidol, que nunca falla. Apenas había bebido dos chupitos de tequila y un par de cañas y notaba mi estómago girar como una centrifugadora. Vomité la tortilla que me cené mientras estaba al teléfono hablando con mi amor o lo que eso sea, destilando las últimas anotaciones de Burroughs en su diario: Amor, el mayor analgésico que existe... Los trozos de vómito quedaban estupendos bordeando la parte baja de mi barba mientras me contemplaba en el espejo con los dos ojos llorosos por el esfuerzo de la vomitona, a la que había ayudado de alguna bocanada a un pitillo. Yo no era un hombre. Quizá lo fui una vez o dos. Sólo por eso escribiría ese jodido cuento en que no había dios que pudiese mirar desde la perspectiva en que se encontrara una luna llena hecha del esperma de la humanidad rodeada de maravillosas estrellas supurando alegría, fé y sobras de maná que caían como confeti en las cabezas de los asistentes a un partido de fútbol en homenaje a algún pavo real o una paloma.
Me encantó el disco.
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